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ALGO PRETENDE RECORDARNOS LA
NATURALEZA

POR: IVÁN R. PULIDO G.
Ingeniero Agrónomo – Universidad del Tolima
“Una reflexión sobre los terremotos, nuestras intervenciones sobre
la naturaleza y la responsabilidad de aprender a vivir con ella”
Hay
momentos en que la naturaleza parece dejar de ser silenciosa, un
terremoto estremece una ciudad, un tsunami transforma una costa en
minutos o un río deja de correr, son fenómenos diferentes, con
causas diferentes, pero todos pueden conducirnos a una misma
pregunta, ¿qué está ocurriendo en nuestra relación con la Tierra?
Los terremotos no son nuevos, la Tierra es un planeta dinámico; sus
placas tectónicas se desplazan lentamente y, a lo largo de las
fallas geológicas, acumulan energía que puede liberarse súbitamente
mediante ondas que atraviesan la corteza terrestre y nosotros
sentimos como un terremoto, tiembla porque está viva y continúa
transformándose.
Pero mientras la Tierra transforma naturalmente su interior, existe
otra realidad que merece atención, también nosotros hemos comenzado
a intervenir el subsuelo mediante la minería, la extracción de
petróleo y gas, los grandes embalses y determinadas operaciones de
extracción o inyección de fluidos, bajo condiciones específicas,
estas actividades pueden modificar las presiones y esfuerzos
existentes en las formaciones rocosas y favorecer el movimiento de
fallas preexistentes, la ciencia denomina a este fenómeno sismicidad
inducida.
Por ello, el fracking o fracturación hidráulica merece particular
atención, es una técnica que utiliza fluidos a alta presión para
crear fracturas en formaciones rocosas profundas y facilitar la
extracción de hidrocarburos, los terremotos sentidos directamente
asociados con la fracturación hidráulica son poco frecuentes; sin
embargo, bajo determinadas condiciones, la actividad puede
contribuir a la sismicidad inducida, el Servicio Geológico de los
Estados Unidos ha señalado que la disposición profunda de aguas
residuales asociadas a la producción de petróleo y gas es, en muchos
contextos, más proclive a inducir terremotos que la propia
fracturación hidráulica.
La pregunta sobre nuestra intervención en el subsuelo, entonces, no
termina en la fracturación de las rocas, también nos obliga a
preguntarnos qué hacemos con el agua que extraemos y utilizamos
durante estos procesos, en determinados lugares, las aguas
residuales de la explotación de hidrocarburos son inyectadas
nuevamente a gran profundidad, esa inyección puede aumentar la
presión de los fluidos dentro de las formaciones rocosas y cuando
existe conexión con una falla sometida a esfuerzos, favorecer su
movimiento.
Esto exige rigor, no podemos afirmar que el ser humano sea el
provocador de los grandes terremotos tectónicos del planeta,
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sí podemos
preguntarnos hasta dónde determinadas actividades están modificando las
condiciones naturales del subsuelo y generando, en algunos lugares, riesgos que
antes no existían o intensificando los que ya estaban presentes.
Y aquí aparece una
pregunta todavía más profunda, ¿qué estamos haciendo con aquello que no vemos?,
enormes reservas naturales de agua, que alimentan manantiales, quebradas, ríos y
ecosistemas, que incluso pueden sostener comunidades durante períodos extremos
de sequía.
La Agencia de Protección Ambiental de los Estados Unidos EPA, ha encontrado
evidencia científica de que determinadas actividades del ciclo del fracking
pueden afectar los recursos de agua potable bajo ciertas circunstancias, entre
ellas los derrames, problemas en la integridad de los pozos, la gestión correcta
de las aguas producidas, determinadas formas de almacenamiento, disposición o
tratamiento de las aguas residuales, la propia EPA reconoce, que existen
incertidumbres y vacíos de información que dificultan evaluar completamente
estos impactos a escala local y nacional.
Esto no significa que inevitablemente toda operación de fracking contamine un
acuífero; se plantea algo mucho más profundo, al intervenir sistemas naturales
cuya dinámica aún no podemos observar ni comprender por completo, la
responsabilidad debería comenzar antes de que ocurra el daño y la prevención
anticiparse al riesgo.
La pregunta va más allá del hidrocarburo que queremos extraer, ¿cuánto estamos
dispuestos a arriesgar de las reservas de agua que necesitarán quienes todavía
no han nacido?, quizá una de las contradicciones de nuestra época sea esa,
valorar aquello que podemos extraer rápidamente, pero no siempre aquello que la
naturaleza tardó siglos o milenios en construir.
Y el problema adquiere entonces una dimensión mucho mayor que un terremoto,
mientras intervenimos el subsuelo, también transformamos aceleradamente la
superficie que sostiene nuestra vida, deforestamos, degradamos suelos, agotamos
acuíferos, alteramos ríos, perdemos humedales y manglares, y enfrentamos
períodos de sequía que presionan nuestras reservas de agua.
No significa que la deforestación provoque terremotos, que una sequía active una
falla o que la pérdida de un glaciar genere por sí misma un gran sismo, son
procesos científicos diferentes que debemos respetar, pero si nos hablan de algo
que todos tenemos en común, nuestra creciente vulnerabilidad frente a una
naturaleza que hemos modificado profundamente.
Los ecosistemas no son solamente paisajes que debemos conservar por su belleza;
son parte de nuestra infraestructura natural de seguridad, los bosques protegen
los suelos y ayudan a regular el agua; los humedales almacenan y depuran; los
manglares ayudan a proteger las costas; y los acuíferos sostienen comunidades
durante los períodos secos, la naturaleza no solamente necesita que la
protejamos; nosotros necesitamos aquello que ella protege.
Por eso, prepararnos también es una forma de conciencia, no podemos detener
terremotos ni tsunamis, pero sí podemos reducir considerablemente sus
consecuencias y una de nuestras mayores responsabilidades como ciudadanos
comienza con algo aparentemente sencillo,
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¿cómo construir
nuestras viviendas y ciudades?, en Colombia aún existe la peligrosa idea de que
una vivienda pequeña puede construirse sin conocimiento especializado, sin
embargo, los terremotos nos han demostrado que las edificaciones pueden
convertirse en el eslabón más vulnerable frente a las fuerzas de la naturaleza,
especialmente aquellas construidas sin criterios adecuados de diseño y seguridad
sismorresistente.
Construir no es
simplemente levantar paredes; significa depositar dentro de una estructura la
vida, los sueños y el patrimonio de una familia, por eso, conocer el terreno,
respetar las normas de construcción sismorresistente y contar desde el comienzo
con profesionales competentes no debería considerarse un gasto innecesario, sino
una inversión en vida; no podemos impedir que la Tierra se mueva; pero sí
podemos aprender a construir conscientemente para cuando vuelva a hacerlo.
Sin embargo, nuestra responsabilidad como ciudadanos ha de ir mucho más allá de
construir viviendas seguras, cada uno obligarse a recuperar la resiliencia de su
territorio, a proteger un bosque, a recuperar una quebrada, a conservar un
nacimiento de agua, a restaurar un suelo, a evitar la ocupación de zonas de
riesgo, a participar activamente en la prevención y enseñar a las nuevas
generaciones a respetar y comprender la naturaleza.

Acciones que pueden
parecer pequeñas frente a la inmensidad de un terremoto o un tsunami, sin
embargo, las grandes transformaciones no siempre comienzan con grandes
decisiones; comienzan cuando millones de pequeños actos nacen de una misma
conciencia y se convierten, juntos, en una fuerza capaz de ampliar nuestro
futuro.
Tal vez la Tierra no nos esté hablando solo cuando tiembla, puede estar
haciéndolo cuando: un río deja de correr, un acuífero se agota, un bosque
desaparece o una comunidad queda expuesta a un desastre que pudo haberse
prevenido; frente a un terremoto descubrimos nuestra fragilidad; frente a la
pérdida de la naturaleza descubrimos algo más profundo, nuestra total
dependencia de ella.
Quizá el gran error de nuestra época haya sido creer que la naturaleza es
solamente el escenario donde ocurre nuestra vida, no lo es; la naturaleza es la
condición que hace posible nuestra vida, por eso, no es tratar de detener el
progreso, ni condenar una tecnología o señalar culpables, es algo mucho más
profundo, aprender a preguntar antes de intervenir, conocer antes de transformar
y prevenir antes de reparar.
No podemos detener las fuerzas de la Tierra, pero sí podemos decidir cómo
construir sobre ella, cómo utilizar sus recursos en forma sostenible, cómo
proteger sus aguas, cómo restaurar sus bosques y cómo entregar a las próximas
generaciones un territorio que todavía tenga capacidad para sostenerlas, tal vez
la Tierra no nos esté anunciando el final, sino simplemente nos esté recordando
que la continuidad de la vida depende de nuestra capacidad para escucharla.
No se trata de dominar la naturaleza para sobrevivir en ella, sino de aprender a
vivir de tal manera que la Tierra pueda seguir sosteniendo nuestra vida.
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