Fundado el 18 julio de 1948 -

Por Rafael Cano Giraldo -1948-1981

Publisher: Zahur Klemath Zapata - 1981 –

 

 

 

Las opiniones expresadas por los columnista son de su exclusiva responsabilidad y no comprometen el pensamiento de El Imparcial

 
 

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EDITORIAL

 

Pereira, Colombia - Edición: 13.851-1431

Fecha: Viernes 05-06-2026

 

Las filas, las colas y la espera, es el sancocho de todos los días

 

Por: Zahur Klemath Zapata
zapatazahurk@gmail.com

 

Al mirar las grandes filas indias en bancos, centros de salud, pago de pensiones y la fila del etc. lo dejan a uno pensativo como si algo anda mal en un país que se supone que lo tiene todo.

 

La tecnología ha traído agilidad a todas las cosas que nos rodean, con múltiples beneficios. Pero en Colombia se usa más bien para desacelerar la capacidad de producción de las empresas. Pero en el fondo los que manejan la cosa pública y privada no se han agilizado, sino que absorben más dinero por menos calidad.

 

Lo interesante es que se percibe un desconocimiento social de lo que ellos están pagando por estos malos servicios. No se

 

 

 

trata de protestar tirando piedras o con huelgas peligrosas. Sino tomando el todo por los cuernos.

 

Hace unos años el Chase Bank y el City Bank en USA les dio por cobrar $3 dólares por retirar dinero de sus cajeros a sus clientes. Tres días después de haber impuesto ese cobró más de medio millón de cuentas se cancelaron en estos bancos, creando un desencaja bancario de millones de dólares y en aumento.

 

24 horas después los bancos cancelaron su iniciativa de cobrar por usar los cajeros automáticos. Y todo regresó a la normalidad.

Una sociedad que no se hace respetar de quienes administran los bienes sociales, los bancos y todas esas empresas de alta tecnología que hacen lobby y pagan para que los empleados públicos les den todo tipo de ventajas en las negociaciones que hacen con el pueblo olvidando que ellos fueron elegidos por lo que ellos estrangulan lentamente.

El país jamás va a salir del atolladero en el que se encuentra, aunque salga cualquier candidato a prometer que tiene la bola mágica que lo guiara a llevar a la nación por el sendero de los sueños imposibles.

 

 

 

ANTIOQUIA PONE PRESIDENTE

 

Crónica #1367

 


Por: Gustavo Álvarez Gardeazábal

 

Audio: https://youtu.be/WKzSxmM6SmU.

 

Aunque a muchos no les guste, Antioquia decidió el ganador de la primera vuelta presidencial. Si se repasan las cifras vemos que sin el territorio paisa Cepeda habría sacado en su totalidad en el país, 8.882.000 votos y De la Espriella apenas alcanzaría 8.638.000. En cambio si se le suman al balance final los votos de uno y otro en el país antioqueño, Abelardito obtuvo finalmente 10.361.000 y el candidato de Petro se quedó en segundo lugar con 9.668.000.

Son cifras inobjetables hasta para el delirante presidente Petro y replantea la magnitud del peso que el territorio de los frijoles y las arepas tiene a la hora de escoger presidente. Y pienso que podría tener una mucho mayor si en el inmediato futuro por parte de cualquiera de los dos aspirantes que resulte ganador se abre de nuevo la idea de apoyar la federalización del país. No es cuento nuevo.

Hace unos días y a raíz de la publicación de mi novela antioqueña EL PAPAGAYO TOCABA VIOLIN, un acucioso historiador paisa, alcalde que fue de Guadalupe, me hizo llegar una fotocopia de la Resolución #13 del Concejo Municipal de Carolina (sin el tal Príncipe que le endilgaron después) en donde a nombre de todos sus habitantes se declara a Carolina partidaria de la federalización que entonces se pujaba en tierras antioqueñas.

No conocí el documento cuando estuve rastreando a mis ancestros entre las breñas del Porce pero como el tinterillo de Amalfi que retrato en mi novela dizque se parece a un hermano de mi padre que hizo historia en el cañón y en sus pueblos y es él, Angel Pablo Alvarez Restrepo, quien firma el 16 de diciembre de 1940 como presidente del Concejo Municipal la mentada resolución, mi novela vuelve y asoma mi prosa a los vericuetos de la historia, haciéndome desear que para esos ojalá no lejanos días tenga aún ojos y pueda ver crecer la idea de federalización en esta patria mia y a Antioquia pujando de nuevo por ella.

El Porce, junio 04 del 2026.

 

 

 

EDITORIAL

 

 

¿Qué hacer con los fachos pobres?

 

Abordar la expresión "fachos pobres" requiere, primero desarmar el sesgo y la profunda carga peyorativa de un término que suele utilizarse desde la condescendencia política. Tradicionalmente, este controvertido concepto se emplea en el debate público para etiquetar de forma despectiva a personas de clases trabajadoras o sectores populares que respaldan abiertamente discursos de derecha, agendas conservadoras o modelos económicos de libre mercado. Quienes usan el término parten de una premisa paternalista: la idea de que estos ciudadanos "votan en contra de sus propios intereses" debido a una supuesta falta de educación, alienación o claridad política.

 

Sin embargo, para responder a la compleja pregunta de qué hacer frente a este fenómeno sociopolítico, el camino jamás será la exclusión ni el reproche moral. Por el contrario, la única respuesta efectiva radica en la comprensión sociológica rigurosa y en una profunda autocrítica de los sectores progresistas.

 

El primer paso fundamental es abandonar toda superioridad moral. Asumir que las clases populares constituyen una masa homogénea e incapaz de interpretar su propia realidad material es un error devastador. Los sectores populares no votan por error ni por ignorancia; votan movilizados por prioridades sumamente concretas, tangibles y urgentes que las opciones de izquierda muchas veces no logran capitalizar, validar ni comprender en su verdadera dimensión.

 

Para saber cómo actuar, es indispensable analizar con honestidad las causas reales de este desencanto masivo. En primer lugar, la seguridad ciudadana se ha vuelto una prioridad de vida o muerte. En contextos de violencia, narcotráfico y crisis institucional, la demanda social de orden y mano dura no surge de una postura ideológica abstracta, sino de una necesidad básica de supervivencia en los territorios más vulnerables. En segundo lugar, existe un fuerte arraigo en las ideas de la meritocracia y el esfuerzo individual. Muchos trabajadores sienten que su progreso económico se debe a su propio sudor diario, mirando con desconfianza el asistencialismo estatal o las promesas de un sistema público que perciben como ineficiente, lento o capturado por la corrupción política. Finalmente, la defensa de valores tradicionales, como la familia o la identidad nacional, funciona como un pilar de estabilidad emocional en un entorno económico que precariza sus vidas.

Por lo tanto, la disputa del sentido común no se gana intentando "educar" a la población desde una torre de marfil con discursos teóricos abstractos. La respuesta debe ser estrictamente material y política. Es urgente ofrecer certezas económicas reales mediante servicios públicos de calidad que funcionen de verdad. Asimismo, es imperativo arrebatar las banderas de la seguridad pública; la protección de los barrios populares no puede seguir siendo un monopolio de la derecha, ya que son los habitantes de las periferias quienes más sufren la delincuencia.

 

En conclusión, la respuesta no consiste en cancelar, aislar, ni estigmatizar a las mayorías bajo etiquetas despectivas. Lo que corresponde es escuchar con humildad, empatizar con los dolores ajenos y construir alternativas reales. La desconexión de las mayorías con el progresismo no es un problema de ignorancia, sino un síntoma de la incapacidad de la política institucional para sintonizar con los miedos, anhelos y sufrimientos de la América Latina profunda.

 

   

What to do about the "poor right-wingers"?

 

Addressing the expression "fachos pobres" (poor right-wingers) requires, first, dismantling the bias and deep pejorative weight of a term that is almost always deployed from absolute political condescension. Traditionally, this controversial concept is used in public debate to derogatorily label working-class people or popular sectors who openly support right-wing discourses, conservative agendas, or free-market economic models. Those who regularly use this term operate under a paternalistic premise: the widespread idea that these vulnerable citizens are "voting against their own interests" due to an alleged lack of education, media alienation, or political clarity.

However, to answer the complex question of what to do about this sociopolitical phenomenon, the path will never be exclusion or moral reproach. On the contrary, the only effective response lies in a rigorous sociological understanding and a profound self-criticism by traditional progressive sectors.

The first fundamental step is to definitively abandon all notions of moral superiority. Assuming that the popular classes constitute a homogeneous mass incapable of interpreting their own material reality is a devastating strategic mistake. The working classes do not vote by mistake or out of ignorance; they vote mobilized by concrete, tangible, and urgent daily priorities that left-wing options often fail to capitalize on, validate, or comprehend in their true dimension.

To know how to act, it is indispensable to honestly analyze the real causes behind this massive disillusionment. In the first place, public safety has become a life-or-death priority. In contexts of unleashed violence, drug trafficking, and institutional crisis, the social demand for order and a firm hand does not arise from an abstract ideological stance, but from a basic need for survival in the most vulnerable territories. Secondly, there is a strong rootedness in the ideas of meritocracy and individual effort. Many workers feel that their economic progress is exclusively due to their own daily sweat, viewing state welfare or the promises of a public system they perceive as inefficient, slow, or captured by political corruption with deep distrust. Finally, the defense of certain traditional values, such as family or national identity, functions effectively as a pillar of emotional stability in an economic environment that constantly makes their lives precarious.

Therefore, the battle for common sense is not won by attempting to pedagogically "educate" the population from an ivory tower using abstract theoretical discourses. The response for the future must be strictly material and political. It is urgent to offer real economic certainties through high-quality public services that actually work in daily life. Likewise, it is imperative to completely reclaim the banners of public safety; the protection of popular neighborhoods cannot remain an exclusive monopoly of the right wing, since it is the inhabitants of the forgotten peripheries who suffer the most from daily violence and crime.

In conclusion, the definitive answer does not consist in canceling, isolating, or stigmatizing the majorities under derogatory labels. What truly corresponds to serious politics is to listen with humility, empathize with the pain of others, and build real alternatives. The evident disconnection of the majorities from current progressivism is not a voter ignorance problem, but a clear symptom of institutional politics' chronic inability to tune into the fears, desires, and sufferings of deep Latin America.

 

 

Pulisher
Zahur Klemath Zapata

Director

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Gerente
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Gerente Operativo
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Editor

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Jefe de Redacción

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Diagramación

Rhonal Torres

Consejeros

Luis Enrique Arango Jiménez

Cecilia Caicedo Jurado

Soporte Tecnológico
Aurooj Ali Khan

Jawaad Malik

 

Colaboradores

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Gustavo Álvarez Gardeazábal

Edgar Cabezas

 

 

 

Gustavo Pérez González

Guillermo Navarrete Hernández
Iván Pulido

Cesar Augusto Valencia

Agustin Perozo

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