Pereira, Colombia - Edición: 13.761-1341

Fecha: Sábado 07-03-2026

 

 COLUMNISTA

 

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Lorca en su agujero o La vergüenza de España

 

Por: Jotamario Arbeláez

 

En 1964 cayó en mis manos uno de los pocos libros de mi biblioteca que no he comprado: Obras completas, de Federico García Lorca, publicadas por Aguilar. Delicada edición en papel cebolla (1.864 páginas) y carátula de cuero, en la que por más que uno pasaba las páginas no avanzaba. Se la presté al caviloso poeta Jaime Jaramillo Escobar, quien por entonces firmaba como X-504 y si algo llegó a conmoverlo tanto como La muerte en Venecia, de Mann, fueron las Impresiones y paisajes, de Federico. Leyó el tomo de una sentada de varias semanas y, después de revisar la meticulosa cronología del andaluz, anotó con lápiz en la última página: “Todo este libro y no dicen lo que debieran haber dicho de la muerte de Federico. Sólo dicen: ‘Agosto: Muere’. En este silencio sobre la muerte de Federico está toda la vergüenza de España”.

 

Mi edición está fechada: Madrid, 1960. Tiempo en el que ninguna editorial podía ni quería pronunciarse en contra del régimen. No he cotejado con ediciones posteriores a la muerte del Caudillo, si las hubo, para ver si son más explícitas. En Aguilar, donde muchos años después habría de publicar Nada es para siempre, mis Antimenorias de un nadaísta, trabajaba por entonces como vendedor ambulante para seguir los pasos de Gabo, y la tarde del eclipse cuando me liquidaron, el libro se me quedó pegado del maletín. Pensé devolverme a devolverlo, pero el espíritu de Lorca tuvo el poder de disuadirme. Algún día se me ocurriría decir algo acerca de su asesinato al pie de la que sería su tumba compartida; para más señas, fosa común con tres comunistas, como terminaría descubriéndolo. Después de leerlo, de reservar para mis proyectos futuros recursos de Poeta en Nueva York y de detenerme asombrado en su teatro, a la vez clásico y de vanguardia, me pasaba horas enteras contemplando desde un rincón del Teatro Municipal los ensayos de La casa de Bernarda Alba, cuyo tremendo papel hacía Fanny Mikey. La tiranía de Bernarda con sus hijas prefiguraba lo que

 

 

 

sería el régimen de Franco con los españoles por tantos años.

 

Por mis revoltosos 60s, de su crimen no hablaba nadie, ni los marxistas a quienes no les interesaba la presunta sodomía del poeta, (se especula con el tórrido romance que habría sostenido con el excéntrico Dalí, y de la violación interrupta del uno por el otro en la Residencia de Estudiantes), ni los mariconchis a quienes no les interesaba la presunta aproximación al marxismo de su adalid. El hecho comprobado –e impune, para mayor vergüenza de España–, es que Federico fue mandado asesinar por el esbirro Ramón Ruiz Alonso, después de sacarlo a rastras de la casa del poeta falangista Luis Rosales, donde éste le había ofrecido refugio. Pésimas lenguas aseguran que Rosales le gritaba a la guardia cuando llegó a allanarlo que Federico no se encontraba escondido en su casa, mientras estiraba la trompa señalando debajo de la cama donde el cantor de Granada se orinaba en los pantalones[1]. Lo condujeron a la sede del Gobierno Civil al compás de sus bayonetas, lo trasladaron al pueblo de Visnar, lo vendaron, lo ubicaron de espaldas ante una fosa en la cual cayó de culos luego de la ráfaga del pelotón de fusilamiento. No se sabe cuántos disparos recibió. Los merecía todos. Su verdugo Ruiz Alonso lo acusaba de ser “socialista y agente de Moscú”. Quien conducía el automóvil, Juan Luis Trescastro, se jactó de haber tomado parte en la ejecución, en un sitio conocido como ‘La pajarera’, donde lo escuchó el concejal Ángel Saldaña: “Venimos de matar a Federico García Lorca. Yo le metí un tiro en el culo por maricón” (García Lorca, asesinado: Toda la verdad. José Luis Vila-San-Juan.) Lo acusaban también de dar informes radiofónicos a Moscú acerca de cómo iba el conflicto civil en España. O sea que lo pasarían por las armas a la vez por rojo y por sonrosado.
 

Ejecutaron enseguida a los banderilleros Francisco Galadí y Joaquín Arcollas, y al maestro Glicósido Galindo, todos atados con las manos a la espalda, por rojos. Desde entonces reposan en los barrancos de Visnar, donde hay por lo menos un millar de restos de ejecutados en Granada durante la contienda civil. El sitio se ha constituido en un piadoso parque en memoria de los caídos. Pero los caídos ahora –y bien caídos– son sus verdugos.

 

Si España tiene un culo qué mostrar, ostensible, así sea expresado como

 

 

 

documento de papel de más de 1.800 páginas o de mármol a cambio de la Cibeles, es el de Federico, más de varón varonil que las huevas de los otros poetas en estampía.

Los familiares de los victimados horrendos se habían abstenido de solicitar su exhumación y buscar para ellos tumbas más dignas que un cementerio colectivo. Pero llegó el momento en el que parientes de los banderilleros y del maestro se decidieron a impetrarla al juez Baltasar Garzón, después de que éste estuvo en Colombia como testigo en una de esas patéticas ceremonias de desenterramientos masivos de las víctimas de asesinos paramilitares. De paso, saltarían los restos del poeta granadino, de quien sus familiares no han estado de acuerdo en que se remuevan. Por algo será, pues también afirma el historiador que tienen un vergonzoso “guardado” respecto de la muerte de Federico. Debieron haber exigido esa exhumación los valientes poetas salvados por el exilio cuando volvieron, para enaltecer la memoria del –¿será posible? – mártir revolucionario[2]. O si no, por lo menos sus colegas del otro extremo, los...

 

“Faeries de Norteamérica,
Pájaros de La Habana,
Jotos de México,
Sarasas de Cádiz,
Apios de Sevilla,
Cancos de Madrid,
Floras de Alicante,
Adelaidas de Portugal…
Abiertos en las plazas con fiebre de abanico o emboscados en yertos paisajes de cicuta”

 

Aquellos que invoca en su Oda a Walt Wihtman. Debe ser que el pudor los cubre, al verificar que el tiro de gracia al más completo poeta y trágico de España, sí fue precisamente donde lo confesó el carnífice Trescastro. Lorca merece un digno panteón, que resuma y rezuma para eterna memoria la vergüenza de España, la ejecución injusta e irracional –y por tanto digna de la maldición gitana– de un escritor que se la jugó por la causa del hombre y no de la izquierda, de un español cuya obra se acerca más a la de Shakespeare que la del mismo Cervantes. No importa por dónde le haya entrado el disparo que acabó con su pluma. Más vergüenza aún para los homofóbicos y entregados españoles de turno, que vieron con ojos ciegos que lo mataran. Ojos que se tranquilizaron leyendo en la edición de Aguilar: “1936. Agosto. Muere”.

(2013)

 

 

 

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