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Pereira, Colombia - Edición: 13.930-1510 Fecha: Domingo 06-09-2026 |
CUENTO |
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QUÉ LEE GARDEAZABAL
La Hija, de Sergio del Molino.
Editó Alfaguara
Audio: https://www.youtube.com/watch?v=Oc2oAAnVdwo
El mito
de Goya sigue dando tema para los escritores españoles que poco a
poco se van convenciendo que su país y su cultura siempre estuvo
envuelta en las sombras generadas por las sotanas eclesiásticas y,
como tal, la verdad histórica hay que escarbarla confrontándola. El libro está exactamente dividido en dos partes, la primera, una novela histórica agradable, interesante aunque por ser manejada con la figura del tercer narrador, se pierde en los vericuetos de la invención
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fallida. La segunda,
un ensayo histórico sobre Goya y su tiempo, o mas bien, una cátedra sobre
pintura y dibujo por un ilustrado académico que se respalda en textos anotados
cuidadosamente en la bibliografía.
Pero cuando llega la
segunda parte, que es la misma historia de la novela pero contada en forma
arrogante, para convertirla en una demostración investigativa palpable de Goya y
Rosario y las guerras carlistas y el exilio, le hace perder la gana hasta al más
culto de los lectores.
Un obispo en el atolladero
Por: Marqués de Sade
Resulta bastante curiosa la idea que algunas personas piadosas tienen de las
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blasfemias. Creen que ciertas letras del alfabeto, ordenadas de una forma o de otra, pueden, en uno de esos sentidos, lo mismo agradar infinitamente al Eterno como, dispuestas en otro, ultrajarle de la forma más horrible, y sin lugar a dudas ese es uno de los más arraigados prejuicios que ofuscan a la gente devota.
A la categoría de
las personas escrupulosas en lo que respecta a las "b" y a las "f" pertenecía un
anciano obispo de Mirepoix, que a comienzos de este siglo pasaba por ser un
santo. Cuando un día iba a ver al obispo de Pamiers, su carroza se atascó en los
horribles caminos que separan esas dos ciudades: por más que lo intentaron los
caballos no podían hacer más.
- Porque es
absolutamente necesario que yo suelte una blasfemia y Vuestra Ilustrísima se
opone a ello; así, pues, haremos noche aquí si no me lo permite.
El cochero blasfema, los caballos arrancan, monseñor sube de nuevo... y llegan sin novedad.
FIN.
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